Al ver el título del ejemplar (Cómo suicidarse), la mujer tras el mostrador comunicó al ciudadano que no podía acceder a su petición de préstamo, pues no tenía la absoluta seguridad de que lo devolviera.
Me confieso amante del humor negro, siempre y cuando no beba de hechos reales ni tenga como protagonistas a bebés, animales o ancianos. E incluso en dicho terreno admito contadas excepciones.
En el ataque de histeria que nos ha tocado vivir, el humor negro pasa por malos momentos, obligados como están sus usuarios a andarse con máximo tino, a riesgo de ofender a algún sector social, por extraño que parezca al más elemental sentido común.
¿A quién puede afectar el chiste inicial? De acuerdo, quizá al familiar de alguien que se tiró al vacío y quedó estampado sobre la acera. Pero estaremos al menos de acuerdo en que la gracieta no tiene mala intención, y de que trata por tanto de exprimir el zumo ácido que anida hasta en la más terrible tragedia.
Pero me retracto en cierta forma de lo escrito líneas atrás sobre la corrección política que ha de observarse en los tiempos que corren, pues también aquí las cosas pintan muy diferentes dependiendo del quién y no tanto del qué. Nos reímos si nos dicen que una mujer halló un lingote de oro mientras cavaba afanosa un hoyo en su jardín, que corrió rauda a contárselo al marido, y que cuando gritó su nombre se acordó de por qué cavaba el hoyo. Atrévanse a invertir el sexo de los protagonistas, y entenderán de qué hablo.
Pasa algo parecido al doble rasero que se aprecia al quemar un cuerpo en un horno crematorio al uso o en tu propia casa, siendo que lo primero se acepta por lo general como el cumplimiento de la promesa hecha al mejor amigo, mientras que lo segundo se persigue por destrucción de pruebas. Creo que solo un estúpido contaría algo así en la Alemania actual.
Sin embargo, entiendo que nadie reprocharía al monologuista de turno su público aprecio por la sintaxis ortográfica, en especial el correcto uso de la coma, que separa por completo la amable invitación a la yaya (“Vamos a comer, abuela”) del anuncio antropofágico (“Vamos a comer abuela”). Aunque mejor andarse con ojo, no vaya a ser que la Asociación de la Tercera Edad local decida denunciarte por delito de odio, y entonces estás jodido.
Como aquel que confesaba gozar viendo a los niños corriendo y gritando en el patio del colegio, sin saber los críos que solo era munición de fogueo. Sabido es que los infantes se han vuelto en la actualidad la mar de quisquillosos, y lo mismo cogen al gracioso de la falsa metralleta y lo empalan en la huerta ecológica a modo de espantapájaros.
Lo dicho: me agrada el humor negro en sus correspondientes dosis de creatividad y acidez. Pero, en todo caso, siempre me quedaré con el humor blanco, de lejos más relajante y amable. De hecho, hasta el más insignificante bichito se descojona al oír aquel del gusano que, aburrido un domingo por la tarde, salió a dar una vuelta a la manzana.
KEPA TAMAMES
Escritor







