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GENOCIDIO

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26 Febrero 2026 Opinión Correo electrónico Imprimir

Hasta el último momento tuve por seguro que la «palabra del año» sería genocidio, por cuanto durante meses no solo se ha prodigado sobremanera en los medios de comunicación, sino que se ha mantenido un encarnizado debate sobre si un escenario en concreto cabe ser calificado con tan áspero vocablo. Resulta extraño que quepa debate alguno sobre una entrada del diccionario que dice lo que dice, y fácil debiera ser validar o no la etiqueta para según qué realidades. Pero son los tiempos que corren, esos que nos hacen comulgar con ruedas de molino para ciertas cosas en apariencia incuestionables, mientras sientan cátedra ante otras que se prestan a la interpretación más voluble. Y juro por mi colección de ranas que viene aquí expresada mi reflexión en un sentido genérico y por tanto sin localización geográfica. Pero harán bien si no me creen.   

Si como consecuencia de un atentado los terroristas acaban con la vida de una persona, no debemos calificar los hechos de «masacre», por la sencilla razón de que no se ajustan aquellos a la definición oficial y consensuada de dicha locución, que reza según la RAE: “Mortandad de personas en una batalla, en un asalto, etcétera”. La acción será todo lo ominosa y despreciable que se quiera, y tendrán razón quienes la condenen sin paliativos, pues toda vida tiene valor absoluto para su propietario, también para sus seres queridos, y hasta para la sociedad en general, que ni siquiera conocía al finado. Pero quede claro que no es una «masacre», diccionario en mano. El tema resulta sencillo, me parece a mí.

Pues no parece serlo para un sector social nada despreciable, a lo que se ve, se oye y se lee. Y vamos con el tema en cuestión, porque se habla mucho de «genocidio» de un tiempo a esta parte, y conviene rescatar su verdadero significado. Se admite por lo general la definición oficial que surge de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, acordada por la ONU en el mismo año de su fundación, y que se refiere a “Actos cometidos con la intención de destruir, de manera total o parcial, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Así lo tendremos en cuenta por lo que respecta a este artículo.

Y ahora toca decidir si puede calificarse de genocidio el conjunto de actos cometidos contra una población ejercida por otra de mucha mayor envergadura militar, y por tanto capaz de aniquilar sin especial esfuerzo a su víctima. Como ya quedó dicho, me parece oportuno para dicho análisis no poner nombres a los protagonistas, por tratar de evitar caer en preferencias personales, que a veces acaban por ser simples manías persecutorias, con todo lo que de dolencia mental conlleva su práctica.

Imaginemos un país dado cuya población incluye en una cuarta parte a gente de ese colectivo que supuestamente pretende exterminar. Los integrantes de ese segmento social, lejos de ser perseguidos con saña para hacerlo desaparecer del mapa como parte de esa política «genocida», gozan de plenos derechos básicos, y hasta pueden votar a un partido político que ocupa tantos escaños en el parlamento nacional como merece, según resultados electorales. El panorama está servido. Y ahora viene la pregunta: ¿Podría definirse como «genocida» la actitud del gobierno para con ese grupo [étnico, racial o religioso] concreto? No parece que el comportamiento genocida incluya la concesión de plenos derechos ciudadanos y hasta representación política en los órganos de decisión. Responda usted a la pregunta, amable lector, pues yo lo acabo de hacer para mis adentros.

Un país tachado de «genocida» por medio planeta permite la entrada de miles de «exterminables» cada mañana a su territorio, y regresan a sus hogares cada atardecer con la paga diaria. Extraño espíritu genocida, ¿verdad? Sí, se lo pregunto a usted.

Una más. ¿Por qué demonios mantiene el gobierno «genocida» a miles de presos en sus cárceles de alta seguridad, con cama y menú diario asegurados, pudiendo reducirlos a cenizas en apenas unas horas? Todo esto me resulta raro, raro, raro…

Seguimos. Ese país «genocida» es atacado salvajemente en un momento dado, siendo que los agresores violan mujeres embarazadas que pierden su vida y la de su pequeño nonato, que degüellan a todo aquel que capturan en la terrible razzia, que toman como rehenes a quien se cruza en su sangriento camino, incluyendo niños de corta edad, y que cesan en su locura solo cuando se les acaba la munición, cuando ya no quedan pescuezos que rebanar, cuando los cuerpos de seguridad enemigos reaccionan y repelen como pueden la agresión. Y añadiremos que es el deseo declarado de los atacantes acabar con toda la población de dicho país, y no solo con las más de mil personas asesinadas con inaudita crueldad. Atención, pregunta: ¿podrían calificarse los hechos de «genocidio en grado de tentativa»? Recordemos que los asaltantes desean en su fuero interno y externo acabar con‑toda‑la‑población, y no solo con ese diminuto fragmento humano de mil y pico contrarios. También yo tengo una respuesta personal e intransferible para dicha pregunta. Le toca a usted hacer lo propio.

Visto y sufrido el panorama, el país agredido se ve obligado a ocupar terreno ajeno para garantizar la seguridad de sus ciudadanos, que en cualquier caso reciben en sus barrios proyectiles cada dos por tres, por lo que deben bajar a los refugios hasta que pase la tormenta.

En dicho territorio el gobierno instala durante décadas centros de agua potable, construye hospitales y escuelas, asfalta caminos de cabras para convertirlos en carreteras que merezcan tal nombre, y hasta permite cierta autogestión política y social a la población ocupada. Y lejos de aprovechar la situación ventajosa y aniquilar a la población en claro deseo «genocida», se retiran del territorio no solo las tropas ocupantes, sino los colonos que allí se instalaron durante el periodo de ocupación, que son arrastrados por sus compatriotas uniformados hasta la frontera reconocida. Atrás quedan los hogares familiares, que rápidamente son destruidos por los recién «liberados», quienes convierten las cañería de agua corriente en lanzacohetes. ¿Concuerda todo esto con una política «genocida»?

La sociedad «liberada» tiene la extraordinaria oportunidad de decidir su futuro en elecciones, y opta por dar su confianza ―¡con el 80 % de los votos!― a dos entidades que practican o practicaron el terrorismo como principal lenguaje político. Ambas facciones se enfrentan en encarnizada guerra civil, que vence la organización armada, dedicando el pastizal que recibe de medio mundo a armarse hasta los dientes, a atacar a sus vecinos, a usar compatriotas como escudos humanos cuando vienen mal dadas, a horadar todo el subsuelo de su región con tétricos túneles donde acomodar a sus rehenes, sí, a los secuestrados en la razzia ya comentada, la carne viva que se llevaron tras su masacre. Porque aquello sí fue en toda regla una masacre, ya sin comillas.

Me pregunto si las tropas de nuevo invasoras celebrarían la toma de la capital con una visita al recién inaugurado Nutella Sweet & Café, o prefirieron algo más sano, pongamos una ensalada de fruta fresca comprada en uno de los coloridos mercados locales.

¿Qué pensarán los niños y las mujeres ―el binomio funciona siempre― de Sudán, de Yemen, de Somalia, de Siria, sobre el truco de los chavales y las féminas de la Franja para acaparar portada tras portada en las revistas más chic del mundo, siendo como son la milésima parte del problema? ¿Creerán que están tocados y tocadas por alguna suerte de maldición divina, o se resignará a seguir siendo los parias entre los parias per saecula saeculorum?

Hasta aquí mi reflexión, mis preguntas, mis respuestas dadas mas no declaradas, mi obsesión etimológica, mi amor por la verdad, cruda o poco hecha.

KEPA TAMAMES

Escritor

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