Mirando al mar soñé… Pero no era el M. Á. R. de moda en la línea inspiradora madrileña; ni Miguel Ángel Revilla, referente de cualquier opinión televisada. Estaba mirando al mar desde mi inevitable y aburrida condición de ostra que siempre es igual, como si estuviera reflexionando sobre el hambre que tendría el tipo, o la tipa, que abrió la primera ostra para saciar su apetito.
Hay que tener mucha gusa para abrir una aparente piedra imaginando que contiene algo comestible y rico, sobre todo sin tener todavía un Cava o un vino gallego fresquito. Y lo mismo ocurrió con otros muchos productos comestibles salidos de las aguas marinas y salobres. Gambas, camarones, langostinos, langostas, carabineros, centollas y centollos, nécoras, bueyes de mar…. pescados, algas… Todo un repertorio que ahora me viene a la memoria gustativa cuando nos están dando lecciones de geografía con los argumentos crueles de la guerra. El Atlántico Norte, el océano Indico, los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb recuerdan, al menos a mí, ese gran vertedero en el que hemos convertido los mares. Porque, no lo olvidemos, allí echamos todo lo que nos sobra y que nunca más volveremos a ver.
Unas exequias fúnebres con tradiciones indostánicas acaban echando al Océano Índico, al norte de Sri Lanka y desde el río Ganges, los restos de un ser fallecido. Por eso, cuando compro chipirones pregunto de dónde vienen. La gente me mira con gesto de extrañeza, pero son los escrúpulos los que utilizan mi voz. Igualmente, aunque más difícil de localizar, son los orígenes de pescados y mariscos que viven en los litorales costeros donde se vierten residuos, aguas mayores y menores, nos dicen tratadas, o eso aseguran, que allí envían mediante emisarios submarinos. Unos laaargos tubos submarinos que van desde una depuradora al más allá.
Y todo esto por no acabar de estropearles la comida y los suculentos aperitivos marisqueros que a más de uno le dan una pátina elegante, o al menos eso creen. Porque si seguimos dando datos habría que continuar describiendo las barbaridades que se arrojan a los mares cuando la gente se mosquea con los vecinos y los declara la guerra, eso que ahora se llama conflicto y que sigue aportando burradas al mar: mirando al mar… Me acojoné porque allí va a parar mucha pobre gente vestida de marinerito, de mecánico, de ilustre héroe naval, material tecnológico muy contaminante, los restos oxidados de los cascos de muchos buques… Y eso por no hablar de lo que actualmente han convertido en la munición actual: los ingredientes energéticos, petróleo; gas y todo eso.
Pero, eso sí, hay que joderse, porque lo hacen, nos joden, pero aprendemos geografía a puntapala. Alguien dijo hace poco que la Tierra, nuestro herido planeta, nos sea leve. Las batallas no siempre tienen lugar en los mares, a veces ocurren cerca de los ríos que, como ya he recordado, y llevan sus aguas a los mares. Vendrán las lecciones de geografía con los ríos Obi, Dnieper, Lena, Amur, Manzanares, Amazonas o lo que quede de él.
Mirando al mar… Pues eso.
Pepe LASTRAS







