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Al menos en teoría, Europa existe, dado lo profuso de su reglamentación que controla gran parte de nuestras vidas. Pero en el interior de cada país la cosa varía, con muchas naciones con dificultades de integración de sus ciudadanos y la existencia, incluso de las llamadas “no go zones”, zonas a las que ni siquiera tiene acceso la policía, por la delincuencia generalizada y, en muchos casos, por su sometimiento a una legalidad diferente, la de la sharía islámica.

Quizás el ejemplo más significativo de todo esto sea Francia, donde periódicas revueltas ponen en jaque a la sociedad y a lo que antes se llamaba el orden establecido. No hace mucho teníamos el caso de los chalecos amarillos, movimiento de insumisión tras el aumento del coste del combustible. A continuación vinieron las algaradas contra la reforma de las pensiones y ahora la reacción violenta tras el asesinato del joven Nahel, pese a que el policía que le disparó ya ha sido acusado de homicidio voluntario.

El común denominador de todas estas acciones, más allá de la lógica de su reacción inicial, ha sido la de una violencia creciente, la transversalidad del movimiento, la incorporación de una extrema izquierda antisistema y la colaboración de jóvenes marginados de las barriadas más populosas, incluidos inmigrantes de hasta cuarta generación.

Quiero detenerme en este último hecho, que desdibuja el perfil histórico de un país y llega a cuestionar si existe como tal en la conciencia de muchos ciudadanos o si está incluso cerca de una guerra civil entre ellos.

Lo cierto es que análisis teóricos y experiencias prácticas con chicos de barrios periféricos demuestran que la mayoría no se sienten franceses y se muestran más cómodos aceptando los orígenes étnicos de sus padres y abuelos. Es decir, que la integración en el país en el que han nacido brilla por su ausencia.

De aquí incluso el llamamiento a la concordia de ídolos juveniles, como los componentes de la selección nacional de fútbol, en su mayoría producto de la inmigración. Ni por ésas. El sentimiento de desarraigo nacional predomina sobre cualquier otro.

Ése es el problema de una Francia tradicional en vías de extinción si no se ha extinguido ya: la falta de vertebración de sus distintos miembros. Y lo peor, decíamos, es que el movimiento centrífugo va a más, sin que ni políticos ni sociólogos vean el camino de arreglo posible.

Y Francia no es la excepción, sino el caso más acusado de este fenómeno de autodestrucción nacional que debería preocupar a la Unión Europea como una de sus prioridades a resolver, porque sin países sólidos y robustos no puede hacer superestructuras nacionales que resistan.

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