Pequeñez

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Opinión 16 Junio 2021 250 votos
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La dignidad es una potencia moral, aunque el espíritu mercantilista que nos domina, (no te compro ese argumento (¡)) quiera convencernos de lo contrario. La máxima “tenemos intereses, no principios”, a la larga no es buena, al menos para los compañeros de viaje. ¿Quién se puede fiar de alguien que piensa así? Y en España, en este proceso de anglosajonización que vivimos,  parece que hemos renunciado a la dignidad. La dignidad es un bien personal, pero también colectivo, y por tanto, nacional. Y tiene conexión con muchas otras cualidades, como la soberanía.

Ayer algunos periodistas utilizaban torcidamente la miniconversación del representante de la América que ha vuelto con un Sánchez que deseaba avivar amores que nunca han existido. Al menos desde que ocurrió lo del Sáhara, en 1975. Por lo visto no hubo empatía por parte de uno de los presidentes; diríamos más, no hubo una mínima atención respetuosa (quizás estaba preocupado por las maniobras conjuntas americano—magrebíes actuales, que vuelven a recordarnos que hay unos hombres dignos en el Sáhara). Ya se sabe que los poderosos no tienen que levantar la voz ni apresurarse;  ni siquiera han  de mostrar interés por sus aliados. Sobre todo cuando se les infravalora. Se podría decir que ese es su problema, pero viendo las reacciones a lo que algunos han llamado la cumbre de los 26 pasos surge la duda si no seremos nosotros los culpables de nuestra irrelevancia, tal como ha dicho sangrantemente un periódico que no aclara de quién es independiente.

Posiblemente nuestro problema sea que carecemos del sentido de comunidad nacional. En un estudio que se ha hecho recientemente se ha detectado que los países europeos anteponen la nación a la región. Nosotros la comunidad autónoma a la nación. Linces que somos. Pero vale. Lo que no vale es que antepongamos nuestras banderías a nuestros intereses nacionales. Creo que la Biblia dice que el hermano que apoya al hermano crea una muralla indestructible. Aquí nos hemos quedado en lo de Caín y Abel.

En esos pequeños periodistas de grandes corbatas recién compradas en El Corte Inglés (¿por qué inglés?), que presumen de patriotas (suelen llevar la bandera en la muñeca) se ha transparentado una alegría indisimulada por la irrelevancia (dicen) de Sánchez.  Somos ingeniosos y rápidos; demasiado para ser analíticos y profundos. ¿Con semejante mentalidad dejaremos alguna vez de ser irrelevantes? Para algunos la relevancia es ir a dónde sea,  engañado o mintiendo, en búsqueda de armas de destrucción masiva. Debajo no las había, pero sí niños.  Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo desde 1991 más de un millón de niños de Irak han muerto por esa mentira. Pero eso no importa, sobre todo para los políticos livianos.

Está claro que en 26 pasos no se puede diseñar una soberanía fuerte. Para dejar de ser irrelevantes hay que negarse, por ejemplo, a pasar de potencia industrial a país de sol y ladrillo; hay que invertir fuertemente en ciencia; hay que tener una diplomacia que sepa guardar el equilibrio entre la integración y la autonomía (o soberanía). Pero eso no se puede desarrollar tirándose los trastos a la cabeza, que parece que es lo que nos va;  ni ignorando que la irrelevancia de un presidente de gobierno  no es personal, sino nacional; ni achacando todos los errores a una sola de las partes, por ejemplo, la reconversión industrial, que la hicieron unos con el ideario neoliberal de los otros, que para eso estábamos en el bipartidismo.

Si la mentira en política es mala, el cinismo es aún peor, porque el cínico se regodea en la mentira.

Luis Méndez

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