Por Enrique Arias Vega

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Coincidiendo con el Día de la Hispanidad, mis parientes ecuatorianos lamentan el “genocidio” tras el “Descubrimiento”, especulando con lo bien que estarían de no haberse producido aquél.

Curiosamente, quienes más suelen hablar de genocidio son los descendientes de los indios de entonces, sometidos a los retrógrados y crueles imperios maya, azteca o inca, personas que no existirían de haberse producido aquél exterminio o que habrían desaparecido si hubiese continuado la hegemonía de los excluyentes imperios indígenas precolombinos.

Resulta que al final de un larguísimo proceso de quienes se lo llevaron crudo gracias a las tarjetas black de Bankia, sólo dos tipos vinculados al PP no han devuelto el dinero ilegalmente apropiado (aparte de Miguel Blesa, que se suicidó a tiempo para evitarlo).

El miedo de los independentistas catalanes no es al Estado español, al que piensan debilitado y a la defensiva, sino a sus propios paisanos: a los más radicales de los mismos.

Se entiende, entonces, perfectamente, la disensión entre los de Torra-Puigdemont y Esquerra Republicana, lanzados los primeros en una huida hacia adelante y dejando la iniciativa en manos de los radicales de la CUP y CDR, herederos de los anarquistas de Durruti y demás revolucionarios que hace 70 años se cargaban a todo quisque.

A contracorriente. Trabajar a miles de kilómetros

30 Agosto 2018  Sección; Opinión 872 votos

Coincidimos en un vuelo internacional, aunque mi vecino de asiento hará escala en Amsterdam para continuar a Hong Kong: catorce horas de viaje, pero tan contento.

A contracorriente. A Franco muerto, gran lanzada

24 Agosto 2018  Sección; Opinión 743 votos

He vivido 32 años bajo el régimen de Franco y muchos más con el cadáver del dictador sepultado en el Valle de Los Caídos. La angustia cotidiana en un sistema político autoritario y mediocre, contra el que milité activamente en la oposición, contrasta con las libertades y derechos de estos 43 años en los que Franco, por fortuna, es un recuerdo cada vez más borroso y menguado en la historia de España.

Enrique Arias ­Vega

Hay visiones optimistas y pesimistas sobre el mundo que se nos viene encima. Claro que los futurólogos nunca han sido muy precisos ni correctos a la hora de sus previsiones. Por ejemplo, hace setenta años anticipaban que hoy día comeríamos algas en vez de carne y que vestiríamos habitualmente trajes de neopreno. En cambio, ninguno de ellos previó la revolución tecnológica de las redes sociales.

Cuenta el historiador Rick Perlstein que cuando, en febrero de 1973, regresaron a casa los norteamericanos presos en Vietnam, encontraron un país totalmente distinto del que habían dejado años atrás: los soldados ni siquiera podían vestir el uniforme en público sin ser acusados de “asesinos de bebés”, tal había sido el impacto negativo de la guerra entre sus paisanos.

Tras dos meses de la presidencia de Pedro Sánchez, los ciudadanos siguen sin saber cuál es el rumbo de su Gobierno, salvo que quiere aumentar el gasto presupuestario (sin conseguirlo) y sacar a Franco del Valle de los Caídos (mucho más fácil) como principales prioridades de su acción política.

Si cualquier político se autoconcede una subvención de sólo 600 euros armamos la de Dios es Cristo. En cambio, ya ven, Cristiano Ronaldo ha sido condenado a dos años de cárcel y 18,8 millones de euros por cuatro delitos fiscales y nosotros tan frescos: seguimos admirándole, comprando sus camisetas y desgañitándonos por sus éxitos deportivos.

Bancos, grandes compañías de suministros e instituciones públicas están agobiándonos con cartas en las que cuentan que “tu privacidad (la nuestra) es importante para nosotros”, teniendo por eso que aceptar explícitamente el presunto cuidado con el que ellos van a tratar nuestra información personal.

Una noble ola de generosa solidaridad recorre España. Estamos dispuestos, en principio, a recoger a todos los inmigrantes que se juegan angustiosamente la vida, a que todo el mundo tenga una sanidad universal y gratuita, a rebajar el IVA a actividades y artículos de lo más variado y hasta que se viaje gratis por las autopistas.

Sabemos ya que Kim Jong-un no paga un duro del coste de su reunión con Donald Trump en Singapur. El dinero lo tiene él para otras cosas: por ejemplo, los misiles atómicos que tanto placer le causan y que coadyuvan a la miseria del resto de sus compatriotas.

A contracorriente. Vivir entre la emoción y el aburrimiento. Enrique Arias Vega

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