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Aguirre camino de la melancolía.

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Por Domingo Sanz 12 Febrero 2016 1490 Votos
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Era, anoche, día once de febrero y me estaba acostando con la cabeza llena del gesto sutilmente descompuesto de la más chula que un ocho, que antes de salir huyendo sin despedirse contestaba como podía a la prensa, para hablar ella, como siempre, antes de que a cualquiera le diera tiempo a pensar en lo que fuera. Esto ocurría a ras del suelo, en la misma calle donde vivió desde el gran balcón de su esquina favorita tantas burbujas de triunfos y alegrías. A través de su mirada, esta vez insegura, todos veíamos a unos policías que le agarrotaban los reflejos mientras entraban en su oficina para llevarse todo lo que pudieran. Aguirre, ¿acaso te has entregado? ¿nos puede caber que no hayas destruido las pruebas?

Después, ya hoy, de amanecida no recuerdo si he soñado ni lo qué, pero mientras despego los párpados boca arriba se dibujan en el techo blanco cientos de funcionarios trabajando en las comisarías de España, dedicando toda su jornada laboral a la investigación de pruebas de delitos cometidos durante décadas por el partido que nos gobierna, escuchando conversaciones grabadas, cruzando liquidaciones de impuestos entre empresas y particulares, listando y punteando miles de transacciones bancarias, tomando declaración a testigos y arrepentidos, leyendo mensajes de correo electrónico y haciendo mil otras pesquisas. “Jefe, ¿le paso esto que he encontrado de uno de los de la Gurtel hablando con Rajoy?”. “No, Jiménez, de momento colócalo en la subcarpeta de esa operación que enlaza también con la del presidente en funciones, que no doy a basto”.

Mientras me afeito pienso que un porcentaje importante de esos funcionarios perseguidores de delitos cometidos por políticos están investigando al mismo partido al que han votado siempre y, en algunos casos, al que religiosamente pagan sus cuotas. Entre ellos, un tal García de la UDEF, por ejemplo, que no consigue olvidar que debe su trabajo a una influencia que lo enchufó, porque el apellido de su benefactor acaba de aparecer entre los implicados.

He desayunado en casa y cuando arranco, antes de poner la radio del coche y sin saber porqué, me viene a la cabeza que la guerra civil fue un crimen organizado de lesa humanidad y la dictadura siguió siéndolo mientras envenenaba las heridas y blindaba el trauma con la droga del olvido para que no tuviera curación. También que la transición hasta el 82 se limitó a ser un paréntesis vigilado que se cerró con un susto y la democracia, hasta la fecha, una mentira tan grande como los títulos de la Domínguez ambiciosa que se metía al cuerpo lo que fuera para ganar carreras, con la misma intensidad con la que el partido de la más chula, y también el de la atleta, iba metiendo en sus mil cajas el dinero que robaba para ganar las elecciones con trampa, porque de alguna manera había que dominar a un adversario al que la maldita democracia impide tratar como antes, "como se merece", cuando lo declararon enemigo.

Han sido diez kilómetros y medio hasta la oficina y al aparcar me doy cuenta que esta vez no he encendido la radio. Quizás estaba seguro de que cualquier noticia nueva solo habría confirmado las conclusiones inapelables que anoche fueron desveladas por esa mirada escapista, hoy tan endeble como hasta antes de ayer lo fuera de dominante, mientras nos contaba a la intemperie sus primeros pasos hacia la melancolía.

 

Domingo Sanz