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ELOGIO DE LA DIGNIDAD.

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;Por Domingo Sanz 27 Enero 2016 Sección; Opinión

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No sé ni cómo se llama ni qué papeles tiene, pero me fiaría de él hasta la muerte.

Es de un color tan transparente que, visto desde fuera, se le adivina un alma blanca de paloma disfrazada de espíritu santo, si existiera. O de la paz, que tampoco.

Es joven y grande, pero supongo que también pobre de dinero, pues se dedica a ayudar como un Jabato por lo que le demos.

Domina todos los alrededores desde su cruce de calles, como si cualquiera de los que aparcamos en cien metros a su redonda le pidiéramos permiso, y con gusto por tener que hacerlo, antes de abrir la puerta de nuestro cacharro con ruedas.

No para de moverse, y lo hace como si de un poema se tratara, con una sonrisa que adivinamos antes de girar y verlo allí, en su esquina con bar de currantes y vecinos a la derecha según llegamos desde arriba. Siempre poniendo orden en el desconcierto urbano.

Además de eso, ayuda a las señoras con las bolsas de la compra que salen del gran comercio cercano, a los que entran y salen conduciendo del parking privado de ese mismo negocio y un montón de cosas más que se me escapan, pues solo lo veo un segundo cada día. Nunca lo he pillado aplicando ninguna clase de discriminación que, como todo aquel que tiene mando en plaza, podría.

No voy a dar pistas de su ubicación ni decir nada sobre como es él, para que no lo puedan reconocer más que quienes ya lo conocemos, no vaya a ser que las envidias, armadas en ocasiones con el argumento de lo moderno, hagan que emigre a otros barrios o, quizás deprimido, a ninguna parte. Si esto lo publican en algún sitio y alguien lo lee, estoy convencido que sabrá inmediatamente de quien estoy hablando y, si le tiene la confianza suficiente, puede regalarle este recorte. Yo no debo, porque no podría llegar a tantos que, como él, se lo han ganado.

Su puesto de “trabajo”, autónomo y emprendedor como el qué más, es de apoyo al vecindario, pero se ciernen inventos que podrían amortizarlo. Me viene a la cabeza un avance que también hizo daño en su momento. Se trata de las máquinas nuevas de la ORA en las que hay que poner la matrícula, y que consiguieron borrar de nuestro día a día aquellos actos de solidaridad, antiguos y espontáneos, que consistían en regalar algo a un extraño. ¿Recuerdan? Era el tiempo vivo de un ticket ya pagado.

No dejemos que nos engañen. El progreso tecnológico no obliga al individualismo feroz. Es cuestión de la escala de valores de nuestros políticos o, lo que es igual, de la de nosotros mismos.

Entonces, por si acaso terminaran prevaleciendo los instintos bajos, voy a proponer a los vecinos elevar barricadas preventivas en los límites controlados por nuestro maravilloso negro, porque el color no pinta nada en este cuadro, y nombrarlo sheriff sin pistola de las cuatro manzanas. A cambio, solo le pediremos que no desaparezca nunca de nuestras mañanas.

(Este pequeño relato de la vida misma no cuesta nada. Por tanto, toda persona que lo lea es libre de hacer lo que quiera con él. Puede divulgarlo por cualquier medio, traducirlo a cualquier idioma, versionarlo, dibujarlo, añadirle imagen, sonido y lo que sea y crear todo lo que su imaginación le pida.

Sé que no es necesario pedir respeto a la intención de construir la convivencia, que es la cuna donde ha nacido. Fdo: El escritor testigo) 

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