Lo pasamos guay con el juez Castro.

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Por Domingo Sanz 25 Mayo 2022 196 Votos Correo electrónico Imprimir
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El miércoles 18 de mayo tuvo lugar la presentación en Palma del libro “Barrotes retorcidos”, las memorias del primer juez que consiguió sentar en el banquillo de las personas acusadas a alguien de la Casa Real Española. Envidiosos quizás, los jueces ingleses han imputado a Juan Carlos I, pero ha sido hace poco, por lo que Castro les lleva casi una década de ventaja.

Entre paréntesis, eso de que Cristina de Borbón sea la primera persona imputada de la “Casa Real española” en sentido amplio, es decir, incluida la descendencia desconocida, es mucho suponer, pues quien sabe la suerte que estarán corriendo los probables hermanos y hermanas de Felipe VI: su también probable e idéntico padre no es de los que colaboran a la hora de buscarlos. Y no hemos hablado aquí de posibles hermanos y hermanas también ignorados, pero de la misma sangre que los Borbones del pasado.

El encuentro con el juez Castro se celebró en el Club Diario de Mallorca en formato pregunta/respuesta y Marisa Goñi, directora del periódico, planteó si las condenas a Jaume Matas, ex presidente del Govern Balear y ex ministro, y a María Antonia Munar, ex presidenta del Consell Insular de Mallorca y del Parlament Balear, habían servido de algo en la lucha contra la corrupción.

“En temas de corrupción no se escarmienta en cabeza ajena” respondió el juez, “pero los corruptos aprovechan para perfeccionar sus procedimientos y así evitar que vuelvan a pillarlos” añadió.

Después, Ernesto Ekaizer y desde la distancia, pues no estaba presente, le preguntó al juez si él habría llamado a declarar a Juan Carlos I, aunque el asunto pudiera archivarse, tal como finalmente ha sucedido.  

La respuesta del juez, más o menos, fue que “interrogando a Juan Carlos I nos habríamos ahorrado mucho tiempo y trámites judiciales (…), aunque hay que reconocer que llamar a declarar al rey es muy gordo, hay que tener muchas ganas”.

Hubo también preguntas de los asistentes. La primera recordó que el 18 de junio de 2018, es decir, seis días después de que el Supremo confirmara la condena de Urdangarín, el diario ‘El Mundo’ publicó en portada unas declaraciones de Carlos Masiá, el notario que intervino en las escrituras: “Pusimos antes a la infanta en Aizoon porque su DNI es un escudo fiscal” y la pregunta para el juez Castro fue la siguiente: ¿cree usted que si esto hubiera salido así en el juicio se podría haber juzgado y condenado también a otras personas?”.

“Es probable, pero el testigo, como tantas veces ocurre, declaró en el juicio que se le había interpretado mal y que no quería decir exactamente eso”, fue lo que, más o menos, respondió el juez Castro.

Como se hablaba de las palabras de un notario, aunque a la hora de la verdad asustado por si acaso, nos han de merecer una atención especial.

Por una parte, hablan de los protocolos de Hacienda ante las escrituras de las nuevas empresas que allí se depositan, todas. Durante el año 2021, por ejemplo, fueron 276 cada día.

Pues bien, tal parece que la Agencia Tributaria hace exactamente lo contrario de lo prudente ante los perfiles de esos contribuyentes notorios (aunque menos presumir en lo de contribuir) que, metidos en negocios, se apuntan a defraudar porque se consideran blindados, un grupo en el que cualquier espectador habría incluido el DNI de la hija de un rey de España a quien, en lugar de tratar como si fuera el “escudo” que extiende en su beneficio exclusivo una inviolabilidad ajena, convenía haber vigilado con “cariño” por lo de las malas compañías y otras tentaciones fáciles.

Esa respuesta del juez también me hizo pensar en las muchas frustraciones que, a lo largo de sus carreras, sufren esos jueces que, sin dejar de respetar la legislación vigente, comprueban un día sí y otro también que no es suficiente para hacer justicia. Como le puede haber ocurrido a Castro más de una vez

Después vino una pregunta incómoda y, tal como sabemos desde 1959 (sí, me refiero a la última escena de aquellas faldas locas del gran Billy Wilder), “nadie es perfecto”.

Fue cuanto, también desde el público, alguien preguntó: “¿Qué le parece la diferencia entre los sistemas judiciales de Bélgica y España, a raíz del caso Valtonyc?”.

Abro paréntesis porque los medios no han informado como deberían del último capítulo de la serie “España contra un rapero”. La pregunta al juez no era extemporánea, pues un día antes, el martes 17, la justicia belga había tomado la decisión, definitiva, de no atender la petición de extradición contra Valtonyc enviada por la justicia española. Una decisión, justo es recordarlo, adoptada por un país al que pocos meses antes, y precisamente a raíz del asunto del cantante y exiliado político español, no se le cayeron los anillos a la hora de suprimir, de su propia legislación, el delito de injurias al rey, del que quizás ni se acordaban, tan oxidado como lo tenían por falta de uso. 

El caso es que el juez Castro, como les ocurre a tantos hablando de lo mismo, necesitó proclamar que Valtonyc no le gustaba, un asunto particular pero que nada tenía que ver con la pregunta, hasta el punto de que se me ha olvidado lo que respondió, si es que llegó a hacerlo. No obstante, disculparé al juez, pues hasta el propio Gonzalo Boye, su abogado, ha necesitado manifestar distancias entre sus gustos particulares y la música de su cliente.

Pero el tiempo pasa y acaba de visitar España Juan Carlos I, el mismo al que hace casi dos años enviaron a Abu Dabi tras ponerse de acuerdo Zarzuela y Moncloa para mantenerlo alejado durante las investigaciones iniciadas, por si metía la pata y hacía difícil el archivo que tenían calculado desde el principio.

Entre las frases "Trata bien a mí yerno" (en 2004, del rey corrupto y en libertad de España al presidente corrupto y condenado a prisión del Govern Balear) y "Explicaciones, ¿de qué? ja, ja, ja" (la que antes de ayer millones de españoles escucharon en vivo y jodidos), el emérito ha ido construyendo su chantaje, a partir de su papel de colaborador necesario, cuando no inductor directo, de los delitos cometidos por Urdangarin y otros y otras de su entorno. 

Y, como todo chantaje que se precie, está fundamentado en una verdad tan incuestionable como inconfesable: Juan Carlos I sabe que Felipe VI lo sabe todo, absolutamente todo, de su padre y de toda su familia y, como mínimo, no ha impedido nada a pesar de que sabía que heredaría el desprestigio, mientras la clase política y el periodismo pretenden ahora que lo ignoremos, tal como durante décadas consiguieron que lo ignoráramos de su padre.

El resultado menos grave de este comportamiento basura está a la vista: el emérito vendrá a burlarse de los españoles cada vez que le dé la gana y protegido por su hijo, a quien tiene cogido por los huevos. 

Pero las peores consecuencias serán otras: en muy poco tiempo, y ante la evidencia de que el actual gobierno es incapaz de limpiar la porquería, aunque podría, regresarán los más parecidos de entre todos los políticos de hoy a aquellos que, en 1947, restauraron la monarquía y en 1975 coronaron a ese al que solo una justicia no española se atreve a sentar en el banquillo, y que si se acerca de nuevo a España, no nos dejemos engañar por su campechanía hoy convertida en pura burla, es para conseguir que el gobierno se implique y se gaste hasta lo que no tiene para ahorrarse, él mismo y su hijo, Felipe VI, ese bochorno de categoría mundial que a ambos reyes les espera en UK.

¿O acaso se apuntaría usted a tener un padre como el emérito?

Mientras tanto, el presidente Sánchez, como si fuéramos tontos, con el rollo de que lo de la Casa Real que pagamos todos, vicios incluidos, es un "asunto de familia".

Ánimo, juez. Tú que con buen tino decidiste no aceptar la invitación de la política para, de esta forma, seguir enseñando justicia desde la experiencia y sin más límites que los de tu propia conciencia, reparte también las risas que nos regalaste en Palma, y otras nuevas, por todos los foros donde tengas que presentar "Barrotes retorcidos". 

(La verdad, juez Castro, es que en política solo te veo de presidente de la Tercera, evidentemente República, pero eso no te lo quieren ofrecer ninguno de los que mandan, y menos que ninguno Felipe VI, ese fantasma de un miedo anclado en millones de malos recuerdos que lo único que busca es seguir viviendo del cuento).