Hablando de otras cosas y un café, el 11 de diciembre pasado estaba con un amigo de esos que todos tenemos, que no quieren ser famosos pero que cada vez que nos vemos con ellos nos obligan a pensar, menos mal que solo coincidimos de higos a brevas.

Como en tiempos de crisis cualquier cosa encaja en cualquier momento porque todo está más relacionado que nunca, de repente me planteó que convendría incluir lo del voto negativo cuando se reforme la Ley Electoral, dejando caer de paso que, ya que en algunos sitios me publican lo que escribo... y claro, el que caí fui yo, hasta el punto de que me he puesto al teclado con más ansia que si me pagaran. Aquí estoy, pues, escribiendo en tiempo real y buscando en Google por si tal cosa estuviera funcionando en algún sitio, y así le doy carpetazo rápido al “encargo”. Vana ilusión.

Lo primero que encuentro en la nueva biblia global es “salvar el voto en las Comunidades de Propietarios”, por lo que sin necesidad de pensar me viene a la cabeza lo poco que ha debido interesar esta propuesta a los políticos. Deduzco que debe ser por miedo a que las urnas le saquen los colores a más de uno sobre todo si, además, endemoniáramos su aplicación con listas abiertas, en las que el votante pudiera declarar sus amores y sus odios personalizados dentro de cada candidatura. Se me van ocurriendo maldades según escribo y, por tanto, me va gustando más la idea porque, me pregunto, ¿a cuento de qué la gente tiene que portarse bien ante las urnas, decidiendo únicamente “a favor de”, si muchas de las personas a las que eligen, elegimos, en cuanto consiguen gobernar se confabulan a oscuras y se convierten en seres más peligrosos que un banco de pirañas enseñando sus dientes en la charca de un vidé?

Sigo descendiendo por los escalones de la primera pantalla y aparece un artículo de Julio Llamazares en “El País” 17/12/2015. Después otro de Beatriz Talegón en “El Plural” 16/06/2016. Cierro la nómina de autores españoles con uno de Amando de Miguel en “Libertad Digital” 09/03/2015, para que no me digan que no soy multicolor. Pero doy con uno más antiguo, que resulta estar escrito por el argentino Gabriel Boragina y publicado en Acción Humana el día 21/10/2011 donde, dicho sea de paso, habla no de la “clase política” sino de la “casta política”. Dejo pendiente investigar en mi antigua Facultad de la Complutense si fue antes la “casta” de Iglesias o la de Boragina, el huevo o la gallina. Los imprimo todos para leerlos en papel con la aviesa intención de escribir algo, aquí y ahora, que ellos no hayan escrito primero. Otro café, que se lee mejor.

Leídos. Salvo la abogada, periodista y activista Beatriz, a quien cada día me encuentro en más sitios por casualidad, el resto plantea que cada elector podría votar con una sola papeleta, o bian a favor de un partido o en contra de otro al que, por ejemplo, nunca querría ver en el gobierno. Eso parece una clásica pelea de sentimientos encontrados, a ver cual puede más y peor. Ella, en cambio, propone que se pueda votar metiendo en la urna una sola papeleta, cualquiera de ellas, o también las dos. Aunque se trata de versiones distintas para conseguir un mismo fin, que es el de conceder más poder al electorado, esta propuesta me huele a más libertad, o sea, a más democracia dentro de la ley que tanto se insiste últimamente y, además, por el mismo precio, el de una sola y misma jornada electoral.

Para empezar por el final para que quien quiera abandonar la lectura en este punto pueda hacerlo sin mala conciencia, diré que me apunto al modelo “Beatriz” por dos motivos: El primero, porque parte de reconocer que las personas somos al mismo tiempo amor y odio, y no está bien exigir que la prevalencia de uno de ambos sentimientos consista en anular al otro, aunque sea en secreto pues después, la procesión irá por dentro. El segundo es de coyuntura: el 21D hubiera sido un verdadero placer descubrir, con verdad de la buena, que bloque de ambos despierta más rechazo en el contrario, si los independentistas entre los españolistas, o viceversa, e incluso que partidos más y cuales menos dentro de cada bloque. Me temo que algunos políticos del partido del gobierno, además de quedarse sin grupo parlamentario quizás tendrían que solicitar también un examen de conciencia antes de proceder al cierre de sus chiringuitos. Sin necesidad de curas ni psiquiatras, propongo un test sobre grado de integración social. Eso les permitiría descubrir los motivos culpables del poco aprecio que se puede llegar a despertar en la sociedad a la que se pertenece y que se aspira a representar. Propongo que se incluya una batería de preguntas destinadas a determinar si los políticos de ese partido consideran que todas las personas que les rodean cada día son “normales” o no. Si se acelerara el goteo de dimisiones que informa la prensa, hoy otra, es probable que la catarsis no sea finalmente necesaria.

Sigo para los sufridores. Sea cual sea el modelo que se podría implantar, para unas elecciones con tres candidaturas se podría dar un resultado como el siguiente:

CANDIDATURA

VOTOS A FAVOR

VOTOS EN CONTRA

RESULTADO

Partido A

100

25

75

Partido B

45

80

-35

Partido C

92

10

82

En este ejemplo, el Partido C sería el que más votos finales conseguiría. Como puede comprobarse, es perfectamente probable conseguir más odios que amores. Como en la vida misma, que es lo que tendría que ser la política si, como dijo Suarez, “se trata de hacer normal en las instituciones lo que es normal en la calle”. ¿Pasaríamos hoy la prueba del algodón?

Continuará…

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