EL CATEDRÁTICO Y LA GALLINA / JOAN LLOPIS TORRES

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Joan Llopis 01 Julio 2021 989 Votos Correo electrónico Imprimir
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Yo vivía en la calle San Agustín junto a la Academia Cisneros, y fue inevitable que acudiera a sus clases. No a repaso, como se decía, sino a aprender algo. AL Instituto "Viejo" de aquellos años (1961-1967) se iba a cantar el Cara al Sol y poco más, con unos profes impresentables (todos), a menos que hoy se sufra algún síndrome con carácter retroactivo, o no nos queramos conocer ni a nosotros mismos.
Hacían clase con distancia episcopal, o con más rango (según la soberbia de cada uno), como el Papa urbi et orbe desde la arrogancia del balcón del Vaticano, ellos, desde la tarima. Nosotros éramos unos pollos apropiados para ir en fila india por el sendero, ahora de la Congregación Mariana, ahora de la Organización de Juventudes Españolas (españolas del todo), o cosas así. Hubo uno que se pasó un año explicando el plano inclinado, se ve que nos creía incapaces de entender la metafísica de ser plano y estar inclinado, y todo al mismo tiempo. El hombre no paró hasta que se entretuvo en hacer rodar una bolita para ver si cogíamos el concepto al verla rodar como un milagro. Yo particularmente quedé maravillado. Siempre le estaré agradecido. Lo que no entiendo es como no acabamos todos en la NASA. Otro que daba Ciencias Naturales, que se ve que era científico de la parte agropecuaria, para explicar la gallina, empezaba a dibujar con todo cuidado, y al cabo de cincuenta y cinco minutos (pongamos), le había quedado una gallina preciosa. Bueno, con la gallina en la pizarra, aún hoy, no sé cuál era la intención de aquel hombre, así que no puedo explicar nada más. Al decir que el director daba dibujo, y como era regalado, pues resultaba más bien como un granel, y yendo así la cosa, la solución para muchos futuros próceres de la sociedad, era según la jerga de aquellos días, tratar de arreglar los desaguisados ​​en una academia; nuestros padres que nos creían a todos unos tarados, nos enviaban a todos a clases de 'repaso'. A repasar la gallina. Contrariamente, recuerdo al señor Aurelio, el director de la academia como un hombre honesto. Yo me lo imaginaba, tal vez muy literariamente, como un hombre medio represaliado heredero de maestros republicanos desaparecidos. Lo veía como una bellísima persona. Golpeaba el cigarrillo a su largo para apretar el tabaco y fumaba de una manera consciente. Con una chupada llenaba la boca de una nube espesa de humo que una vez era de su gusto (Toda una liturgia), se lo tragaba muy concentrado en el ritual como si en el mundo y en ese momento no hubiera nada que mereciera hacerle caso (ponía en ello toda su atención), hasta que ya bien alimentado con esta eucaristía, todo estaba bien y podía dedicarse pacientemente a hacer el trabajo de todos los catedráticos del instituto (una gente que yo, aún hoy, no sé a qué se dedicaban) no sé si yo era por entonces un desclasado, pero si puedo decir que era (como hoy en su medida) un refractario, lo que no voy a explicar aquí porque no es su sitio, pero sí una de sus consecuencias: seguro que tengo el registro más alto de 'campanas' de la academia. Cuando era la hora de clase, yo me iba a los billares de la calle Gerona (que eran propiedad del señor Tomás del bar la Joya), y llegué a un nivel en el juego de billar que claramente se correspondía inversamente con mi otro nivel, llamémosle académico. Lo cuento porque de esta anécdota resultó una muestra (entre muchas otras) de la honestidad y de la ética personal que yo le recuerdo: Finalmente, mi padre me llevó de la mano a ver el señor Aurelio que le había citado para explicarle de mis "ausencias" y ver cómo justificaba yo el asunto. No se me ocurrió otra cosa que mentir descaradamente. Dije que no iba a clase porque eran demasiado numerosas y casi no se cabía en clase. (Las razones de aquellas multitudes ya están explicadas) Esto era cierto, pero ni mucho menos el motivo. Lo sorprendente (lo extraordinario), es que el señor Aurelio me dio la razón. Dijo que honestamente debía darme la razón. Aún hoy le tengo una absoluta admiración personal. Eso sí, le tengo un reproche (espero que se entienda) Un día, en clase dijo que quien no entendiera el número E, lo tendría mal para seguir adelante. Tampoco toca aquí explicar cómo "seguí" adelante, ni hacer esto más largo, sólo decir que hasta hoy, en el número E, yo, querido señor Aurelio, sigo viendo una letra del abecedario, diga lo que usted diga.
Sabiendo yo hoy que los buenos maestros son los que creen en sus alumnos, y ningunos otros.
Muchos años después, dirigiendo una farmacéutica en Barcelona, ​​una farmacia de Cambrils nos acumulaba deuda como aquel que nada, y no había manera de cobrar. La directora comercial se pasaba la vida en Cambrils recibiendo lecciones de facturación. Yo le decía, ve al restaurante Gatell que es amigo mío, comes y a la hora de pagar le cuentas lo mismo, a ver qué te dice, a ver si te sales y no pagas, ya me dirás el qué. Hasta que yo, que no me aburro nunca, pensé: calla que hoy pasaremos el rato. La contabilidad de la farmacia la llevaba el padre de la farmacéutica. Resultó que era un catedrático de matemáticas que yo había tenido en el instituto. Él no me reconoció pero yo estuve al caso al instante a pesar de los años transcurridos. Me explicó que la culpa era administrativa por motivo de unas discordancias contables según las fechas de emisión y recepción de los albaranes (él iba por ahí), y que, mire usted, que si sumamos por aquí y resulta que el vencimiento según los plazos, debiendo deducir (todo un rollo) ... hasta que se hacía la hora de comer y me dije cortemos que llegaremos tarde. Mire, le dije, o usted confiesa ahora mismo que nunca me enseñó matemáticas y debemos suponer que yo no entiendo nada de lo que me dice, cosa imposible porque si no resultará que yo le debo dinero, o no me quedará más remedio que explicarle que lo que usted fue incapaz de enseñarme a mí ni a nadie, lo aprendimos en otra lugar, o usted qué se ha creído, así que haga el favor, ¿me entiende usted? Ahora, si usted no enseñaba matemáticas para así no tener que pagar las facturas dado que no sabemos nadie sumar ni restar, pues tampoco. Escuche, escuche, el catedrático se volvió tartamudo, hasta que la hija que ya lo debía conocer y a mí de oídas, se puso y lo aclaramos en un minuto. Resultó que la hija había leído un libro Rentabilidad de la Oficina de Farmacia, Variables económicas y se lo sabía de memoria. Un día puede que explique quién lo escribió, ahora no es necesario. Eso sí, me gustaría dedicárselo al padre catedrático, aunque dándole las gracias al señor Aurelio por la parte que le toca. Digamos que el corte gordo. La pechuga de la gallina.
 
Joan Llopis Torres
Agente financiero para África de un Trust internacional.
Lagos, Nigeria.

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