PROHIBIDO ESCRIBIR CARTAS DE AMOR A LA NOVIA DE OTRO / Joan Llopis Torres

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Joan Llopis 12 Mayo 2021 889 Votos Correo electrónico Imprimir
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20210511 163807Hace muchos años el registro de analfabetos lo llevaba la Policía Nacional. La cosa iba que cuando alguien al pedir el carné de identidad lo hacían firmar, si firmaba no era analfabeto, esto era todo (era considerado un ciudadano letrado circulando por aquella sociedad franquista) No quería decir nada si lamía el bolígrafo y se tomaba un buen rato para escribir su nombre.
Ahora hemos sabido que para el 75% de los que se presentan aspirantes a ser policías, esto de la ortografía es un misterio. Debemos confiar en que los elegidos sean el otro 25%, cosa que no he podido aclarar de momento. Hay quien dice tener motivos para dudarlo (la gente somos muy mal pensada). Algo parecido ocurría en la mili, donde los maestros alfabetizaban a los que no sabían leer ni escribir, y lo que se solía hacer lamentablemente era escribirles las cartas a la novia y poco más. Lo que no podías hacer era escribirlas tú (no era tu novia), sino escribir al dictado. Es una de las cosas gloriosas que me han ocurrido en la vida. Cartas que no se pueden transcribir porque seguro mal se entendería mi intención y no es el caso. Recuerdo todavía hoy algunas al pie de la letra y la carga de aquellos amores tan sentidos y algunos tan dolidos.
Estando en funciones de inspector de enseñanza primaria, siendo yo de marina, llevaba la alfabetización y exámenes de los soldados (de tierra) de la provincia de Tarragona, siendo yo una criatura tan analfabeta como el mismo coronel (hacíamos buena pareja) . Lo llevaba un teniente que su madre había regalado los terrenos donde se instaló el regimiento de la ciudad, con la condición de que a su hijo lo aceptasen en el ejército e hiciera carrera. Y así fue, aunque no pasó de capitán. Nada extraño. Era un homosexual que llevaba peluca y no se ponía la gorra para no despeinarse. Yo lo conocía ya de la farándula, de los tangos lunfardos, podríamos decir, aunque él no me reconoció. Le di los exámenes para que sus soldados maestros los pasaran y le pregunté por el bar. En el bar el hombre me miraba y me remiraba porque se ve que algo le rondaba, algo no entendía, hasta que le dije que si me pasaba un lucky, y allí se dio cuenta de qué iba aquel bolero, pues cómo podía saber yo que él fumaba lucky?. Después quiso darme los exámenes para ser corregidos y me negué categóricamente (muy categóricamente), le dije que los corrigieran sus maestros y que si había algún suspenso ya me lo haría saber. Estuvo encantado. ¡Todos aprobados!. En el tiempo, mientras nosotros estábamos en el bar, el coronel escribió de oficio una carta al Delegado de Educación de la Provincia hablándole elogiosamente de mi tarea.
En los exámenes de graduado escolar para adultos, todo era similar, sólo una vez en la historia suspendí a un maquinista de tren y sobre todo porque me dijo que él era maquinista de los de martillo, de los de toda la vida, que los de ahora no sabían, que lo que no arregla un martillo no lo arregla nadie. Le suspendí, el único en mi vida. Lo hice Dios me perdone con el convencimiento de que salvaba vidas, y aún estoy en esa creencia, aunque alguna vez tengo un pinchazo en el corazón de haber sido injusto.
Después de dos años lo dejé, pensé que esto de la enseñanza no iba bien del todo y la vida ya me llevaría por otros caminos, lo que puedo jurar. Desde entonces suelo decir que en según qué ambientes es mejor aprender que enseñar. También tengo por costumbre aconsejar que para poder dar consejos se han de tener cien años y esperar a que te los pidan, lo que contradictoriamente aconsejo incumplir tantas veces como haga falta.
 
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