Parece ser que cuando Fernando Pessoa falleció dejó un baúl lleno de manuscritos, o dicho de otro modo, miles de poemas firmados por más de una veintena de heterónimos o de seudónimos. En su existencia, no demasiado extensa, solo consiguió publicar un libro y algunos poemas sueltos en algunas revistas.

                        Este acontecimiento nos lleva a pensar algunas reflexiones.

 

                        Desconozco cómo después fueron capaces de descubrir la sociedad portuguesa, el mundo de la cultura a Pessoa y su mar de manuscritos guardados en un baúl. Desconozco si fueron los amigos, si fueron los familiares, si fue alguna persona en concreta, y desconozco también cual fue el proceso por el cual su sociedad fue capaz de darse cuenta, que hacía unos años había fallecido, una persona, que se convertiría con el tiempo, posiblemente en el mayor poeta portugués, y desde luego, uno de los más grandes del siglo veinte a nivel mundial. Más que un poeta, un gran escritor pensador literario para la humanidad.

                        Pero la realidad es que Pessoa, pudo tener muchas posibilidades de que se perdiese su trabajo productivo cultural, debido a que no tuvo esposa, ni hijos, por tanto, ningún descendiente que guardase su obra y la mostrase, en segundo lugar, falleció joven, tercero, hasta dónde sabemos por sus vicisitudes de su existencia, pues no ocupó un cargo especial en la vida social y cultural de su ciudad natal, Lisboa.

                        Si se hubiese perdido, o no hubiese sido recuperado, o no se hubiese valorado, se habría ido destruyendo manuscritos y el baúl, y hoy, hoy posiblemente no tendríamos nada o casi nada. Esta es la realidad. Otros casos en el siglo veinte, pudieron suceder casi lo mismo, sea por unas razones o por otras, Kafka como escritor, V. Maier como fotógrafa, Dickinson en el siglo diecinueve…

                        ¿La cuestión es cuánto baúles llenos de manuscritos, sea en literatura, filosofía, arte plástico, música, poesía de autores de todos los lugares del mundo, desde Alaska, a las islas del Pacífico, pasando por la Patagonia o por cualquier ciudad o barrio del mundo, cuántos manuscritos, cuántos baúles llenos de manuscritos sean de matemáticas o de física o de diseño o de arte plástico o de poesía, se habrán podido ir perdiendo y destruyendo?

                        ¿Cuánta riqueza de producción cultural, sea en ciencia o en matemáticas o en filosofía o en arte o en algún arte o en alguna actividad humana, se habrá hecho, no habrá sido el autor o autora, en su tiempo y en su vida, materializar su producción en publicaciones, o incluso habiéndose publicado o editado, modestamente suponemos, se habrá perdido o destruido?

                        ¿Cuánto…?

                        Es fácil decir que lo que se haya perdido o destruido, el noventa y nueve por ciento es mediocre, y no tiene valor, no vale la pena que perdure para la posteridad. O lo que se ha perdido es normal y justo, porque no hay contenedores, bibliotecas, archivos, museos que puedan albergar tal cantidad de producción cultural, se puede hablar de varios millones de personas, que en todo el mundo, cada generación, es decir, cada veinte o treinta años o más se ocupan de crear e interpretar nuevos aspectos de la realidad en algún saber, sea ciencia o filosofía o teología o arte o…

                        Por otro lado, puede suceder, que el autor o productor o creador, no tenga la suficiente capacidad de vender o mostrar su producto, puede que haya personas, que tengan la capacidad de buscar o investigar o crear, pero no la tengan tanto en vender ese producto, en hacer marketing de su persona o de su producto.

                        O puede suceder que en su ámbito local o regional en el que se mueve, no es aceptada esa persona, por no tener demasiadas dotes sociales, o no es aceptado su producto cultural, o se le cierran puertas por unas razones o por otras, o puede ser que su producto sea mediocre o sea notable, se adelante a su tiempo, y todas esas razones anteriores, más otras, hacen que ese producción cultural se pierda o se olvide o se silencie o se invisibilice o se margine o se le niegue todo el pan y la sal y el agua y el suelo y el aire…

                        Este es el drama que un autor se dedique a una actividad productiva o de investigación o de creación, durante veinte, treinta, cincuenta años de su existencia, que ese producto, duerma en el vientre de la ballena, antes baúles o anaqueles o cajones, ahora ordenadores. Y esa obra, por diversas razones, se vaya destruyendo, perdiendo, anquilosando, etc. Pero no solo después de la vida del autor, sino incluso en su propia existencia, especialmente si es producto cultural artístico plástico o estético…

                        Para concluir, hoy la humanidad, tiene la capacidad tecnológica, para que no existan más baúles que se puedan perder. Pero hoy, no sé por qué razón no quiere materializarse dicha posibilidad. La solución, la he indicado muchas veces, crear archivos online de todas las actividades productivas culturales, y en ellos, incluir nombres y curriculum, por territorios concretos, todas las persona que han producido algo en tal campo. Y después, archivar, si los autores quieren toda o gran parte de la producción, para que quede para el futuro…

                       Así podría existir, por poner un ejemplo, un Archivo o Centro Documental de Poesía en tal ciudad, también en tal provincia, en tal región, en tal país… Así, existiría la posibilidad de cualquier autor o autora, quedase para el futuro. Y en el futuro, otras generaciones juzgarán. Creo que es lo menos que la sociedad le debe a un productor cultural, que ha estado toda la vida intentando crear en una actividad cultural. Es lo mínimo que la sociedad le debe a un autor o autora, sea mediocre o sea notable.

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   © jmm caminero (20 sept.-09 oct. 2018 cr).

Fin artículo 1.408º: “El baúl de Pessoa”.

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