Sin quitar ningún mérito al equipo de comunicación de Vox, al partido de Santiago Abascal todos sus enemigos le han hecho una campaña de propaganda que valdría muchísimos millones que no tienen.

 

Hace un año, nadie sabía que existía una formación que se llamaba Vox y mucho menos conocía los puntos de vista y principios políticos que defendía. Ahora, gracias a la machaconería denigratoria de unos y de otros, el partido derechista –“ultra”, como habitualmente le dicen— está en boca de todos y a nadie deja indiferente. Un éxito de comunicación de este calibre explicaría, por sí solo, los 12 diputados que ha obtenido en las elecciones autonómicas andaluzas.

Pero hay más. Para demostrar lo malos, muy malísimos, que son los extremistas de Vox, se programan largos reportajes televisivos que equiparan a estos “fascistas” con sus homólogos de la Liga del viceprimer ministro italiano Matteo Salvini, con la francesa Marine Le Pen, con los autores del Brexit Británico, y hasta con el primer ministro húngaro, Viktor Orbán o el presidente brasileño Jair Bolsonaro.

¡Casi nada! Resulta que si millones de ciudadanos de esos países votan a gente que dicen que es como Abascal, ¿por qué no vamos a hacer nosotros lo propio con el político español?, podrían preguntarse los más pusilánimes, conservadores o ignorantes de nuestros electores. ¡Flaco favor, pues, que le hacen a la democracia y a la convivencia los propaladores del miedo!

Pero sigue habiendo más. Ahora que la izquierda ha resucitado a un franquismo enterrado y bien enterrado, se relaciona con él al partido Vox —Santiago Abascal nació después de muerto el dictador— recordando que ya hubo un único diputado franquista, Blas Piñar, en las primeras elecciones democráticas. Claro que el atrabiliario líder de Fuerza Nueva obtuvo entonces en toda España menos votos que los de Vox ahora en Andalucía, lo que evidencia que una y otra formación —y una y otra situación— no tienen nada que ver.

Gracias, pues, a la bobería de muchos demócratas reales o ficticios se le está haciendo el caldo gordo a un partido de extrema derecha, cuando ésta estaba arrancada afortunadamente de la vida española. Sólo falta que sigan sin darse cuenta de su estupidez y consigan con sus acciones aupar a los ultras a lo alto de la política nacional. Que Dios nos coja entonces confesados.

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