Resulta que al final de un larguísimo proceso de quienes se lo llevaron crudo gracias a las tarjetas black de Bankia, sólo dos tipos vinculados al PP no han devuelto el dinero ilegalmente apropiado (aparte de Miguel Blesa, que se suicidó a tiempo para evitarlo).

 

Sin embargo, para el imaginario público sólo hay un malo de todo esto: Rodrigo Rato, por la importancia del personaje. Frente a eso, digo, resulta que hay muchos más condenados, 64, y que 11 de ellos fueron puestos ahí por el PSOE, 3 por Izquierda Unida, 6 por Comisiones Obreras y 4 por UGT.

La primera conclusión de todo eso es que la maldad, la delincuencia, el latrocinio y la corrupción no son patrimonio de ningunas siglas, sino producto de la condición humana. Hay buenos y malos en todas partes, aunque sólo unos se lleven la fama y otros gocen, en cambio, del beneficio de una propaganda excelente, como si ser de izquierdas fuese total garantía de bondad y honradez.

Esa buena imagen la han tenido en la Historia, por ejemplo, personajes tan monstruosos como Lenin (bajo cuyo régimen 5 millones de personas murieron de hambre), Mao o el propio Ernesto Ché Guevara, que ha dejado una obra teórica (y práctica) en la que justifica el asesinato como una actividad revolucionaria profiláctica y terapéutica.

Por eso mismo, no resulta sorprendente el que se diga a veces por unos medios de comunicación menos objetivos de lo que debieran, que en España existe mucha corrupción (sólo de derechas, se supone) y que ésta sale impune, cuando la verdad es que sucede justamente lo contrario. En cualquier país de nuestro entorno existe al menos tanta corrupción como aquí, pero en ninguno de ellos se ha realizado una limpieza tan a fondo que haya llevado a la cárcel a miembros de la Casa Real, vicepresidentes y ministros, mandatarios de Comunidades Autónomas, importantes empresarios (incluido el mismísimo jefe de la patronal), etcétera, etcétera.

Lo que uno echa a faltar, si acaso, es que se haya dado tanta publicidad (y escarmiento) cuando los malos no pertenecen a esa derechona que concita, a veces con razón, todas nuestras iras a riesgo de que en cambio se escapen de la vindicta pública muchos otros que presumen de buenos sin serlo.

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